Este post no pensaba escribirlo. Fue una decisión que tomé una o dos semanas después de haber ido a comer a Diverxo. Quien me sigue en mis redes sociales sabe que era una comida muy esperada. Una ilusión desmedida que mostraba cada dos por tres. Me he animado a escribirlo después de leer el post de Carlos Maribona. La razón es que me he dado cuenta que hay que contar las cosas como las vivimos y las disfrutamos, nos haya gustado o no.

Mi forma de divertirme en un restaurante es la siguiente. Me gusta ir, que me atiendan bien y comer bien. El precio es lo de menos si ese objetivo lo tenemos. Además me gusta contarlo, en el momento gracias a la inmediatez de las redes sociales y después gracias a los recuerdos y sensaciones que me quedan contarlo acompañado, por supuesto, de fotos.

La comida, ideada en enero, planificada a lo largo de febrero y marzo, se terminó desarrollando en los últimos días de marzo. Las condiciones que pido el cocinero fueron:

* No fotos. De ahí que este post solo sea texto. Después, aseguró que nos las enviarían por mail, cosa que no sucedió.
* No twitter. Para destinar todos los sentidos a la comida. Muy bien, sin problema, qué se le va a hacer, mi alma marujil lo soportaría. Lo soporté.
* Pasarlo bien. Ya lo creo que lo pasé genial.

Las razones de pasarlo bien fueron principalmente, la compañía. Una compañía en momentos extraña que le pusieron el toque picante (me encanta el picante) a una comida genial. La comida, ya lo he dicho, algunos de los platos espectaculares y algunos otros no tanto, pero de igual modo geniales. El servicio, genial, un tanto distante de la mesa, pero muy correcto en todo momento. Tal vez el mejor el sumiller, cercano en todo momento y aconsejando.

A mí el pagar el equivalente a lo que me gasto en la comida para casa de una persona en 20 días me supuso un gran esfuerzo. Tanto que nadie se puede imaginar que aunque me hubiesen atendido fatal, que si la comida hubiese sido lo peor, que el local estuviese al lado de la M30, etc., cualquier cosa mala que os podáis imaginar, nada, hubiese sido suficiente para vencer mi sensación de que era una gran restaurante, una gran comida… ¿O algo sí podría hacer que todo lo bueno de esa comida la convirtiese en una no-comida?

Sí. Sí hubo algo que me decepcionó enormemente y que no estuvo a la altura de mis expectativas. No sé si se trata de egos superlativos o se trata simplemente de falta de humildad. Pero días después de comer en este restaurante se sucedieron una serie de hechos por parte del cocinero donde demostró una falta total de profesionalidad, juzgando a los que ese día comimos en el restaurante. Metiendo a todos en una botella, agitando e indicando lo desilusionados que todo el equipo estaba con ¿nosotros?.

Ahora, cuando vayáis a un restaurante, independientemente del precios que paguéis (20 euros o 160 euros por persona) debéis saber que se os va a juzgar en función de las expectativas que tiene el restaurante de vosotros. Es decir, si esperaban que después de cada plato hicieseis piruetas de alegría o alabanzas al trabajo creativo y profesional del equipo y sea por lo que sea el: “muy rico, increíble” de los platos que así lo eran o el “este no me ha gustado, todo tiene brotes de cilantro…” de los platos que menos te han gustado, no habéis hecho ni dicho esas alabanzas en el grado y forma esperados tendréis un juicio por parte del cocinero. Esto es una locura, es insostenible este modelo.

Aún así debo decir que si me olvido de esta segunda parte y me limito a borrar de mi mente la desagradable sensación de hacer conocido esa parte del cocinero, es justo reconocer el trabajo creativo que se hace en Diverxo. Sorprendiendo en muchos de los platos que pudimos probar con sabores, colores, juegos que sorprendían. Factores que te hacen salir del restaurante lleno de felicidad y sobre todo con la sensación de haberlo pasado genial. (Hasta que el cocinero demuestra su “lado oscuro”, todos lo tenemos).